LXIII Edición: Temporada de lluvias

Prosas migrantes

Amor indocumentado

Hoy ando contento, Valentina. Tanto que en vez del Aldi me fui al Jewel y me compré un filete de bagre. No creas que me olvidé de ti, te traje tu tuna, pero esta vez es sólida, pa’ que también tú celebres conmigo. Te has de preguntar que de dónde me salió tanta alegría. Hoy fue el último día en la fábrica. Dicen que la van a mover a Juárez o Dominicana o a otro lugar de donde nos hemos venido un chingo. Qué cosas, Valentina, uno se cruza para acá en busca de jale, y las fábricas se están yendo para allá. Todos los compas andaban medio agüitados; yo también pero a mí en vez de darme por la queja, me dio por pegarle mejor. Uno le agarra cariño a las cosas, y siete semanas son suficientes. Vi el martillo, la sierra, la máscara gris, el material de soldadura y me dieron unas ganas incontrolables de trabajar en serio. Y mientras los otros se la pasaban matando el día, yo me puse hacer un mofle. No me vas a creer, Valentina, pero mientras cortaba un pedazo de tubo, el metal se me hacía muy bonito; ya cuando lo estaba soldando sentía como que me hablaba, como que las chispas que soltaba eran sus palabras. Usualmente me aventaba veinte al día, pero hoy sólo me aventé cinco. Ya cuando terminaba el último, varios compas se nos quedaron mirando, primero a mí y luego al mofle. Te está quedando de aquéllas, me dijeron, ¿qué tienes, güey?, te ves raro. No sabía qué contestar. Creo que les dije que veía las cosas o que las cosas me veían… Sí, ya sé que tienes hambre, ahorita te abro tu tuna

Cuando te veo saborear tu tuna, Valentina, me veo de niño saboreando yo la mía. Pero la tuna en México es diferente a la tuna de aquí. En las vacaciones largas, seguido me iba con mi resortera al monte, y si no conseguía una paloma suelera o una codorniz o una cocochita, por lo menos me venía con mi bolsa de nanchis, de guayabas o de tunas. Mi familia era pobre y mi madre nunca nos compró refrescos. Siempre nos hacía aguas: de limón, de jamaica, de sandía, hasta de tuna. Yo le ayudaba a exprimir los limones o a sacarles el jugo a las tunas rallándolas en el cedazo. Envidiaba al Mielito, uno de los pocos niños del pueblo que tenía televisión, porque siempre que estábamos viendo el Correcaminos o Bonanza o el Gran Chaparral, tenía su Coca-cola bien helada. Presumía que se tomaba cuatro al día. Todavía lo veo, de perfil, pegado al envase y oyendo el glu-glu de su garganta. No le gustaba la Pepsi; yo no sé cómo le hacía para distinguirlas pero las distinguía. Alguien en algún lugar me dijo que ya se había muerto. Estaba joven, pero en su familia había la diabetes. A veces creo que comer tantas tunas y tantas nanchis me benefició porque no se me ha caído ningún diente y todavía me siento garrudo.

El último cierre

…te haces el sufrido, pero este infierno en el que ahora deambulas te lo tienes merecido. Cómo fue que te hiciste vendedor. Un domingo del ochenta y dos, cuando tu mujer estaba en el cuarto mes de su embarazo de Benjamín, tú y ella se subieron a uno de esos autobuses escolares porque les dijeron que allá en Indiana los evangélicos daban de almorzar. Te quedaste impresionado con los cientos de personas divididos en grupos, en un lado los pastores que hablaban en inglés, y del lado donde te tocó, los pastores que hablaban en español. Te sentiste parte de esas doce tribus de las que hablaba el pastor, a las que Jehová de castigo las había perdido en el desierto, y el sándwich que mordías era el maná que habías recogido esa mañana, “…porque Jehová te castiga pero nunca te abandona”. En la factoría habían hecho recorte y los primeros fueron los que no tenían papeles. “…Jesús te dio todo su amor, pero para salvarte tú has de dar el tuyo; en tu prójimo está tu salvación”. Y ese mismo día los bautizaron, “Borra de tus ojos esa preocupación, ya has encontrado el camino”, y el pastor Pablo te presentó con el señor Vidal, y el lunes a las ocho ya estabas en su oficina y te explicó el manejo y la importancia que tenía cada sartén y cada olla; “Estúdialo, mañana aprenderás a convencer”, en las páginas interiores del manual donde se hablaba de la olla de presión había un billete de a cincuenta, “Cuando empieces a pescar me lo devuelves”. Y al día siguiente me regaló El vendedor más grande del mundo y para el viernes por la tarde ya caminábamos por la Veinticuatro y la Kedzie. “Los humildes son los que comprenden más rápido el mensaje, ellos son los que te darán tu pan”. Y tocamos a la primera puerta, y nos abrió una señora de Iguala, y en un minuto ya estábamos en la sala y el esposo apagó la tele para ver la demostración del huevo frito y eso bastó para que el señor sacara de su clóset los doscientos dólares de enganche. “El próximo cordero es tuyo”. Pero la humildad de sus miradas te desarmaba, y las frases de Mandino las veías como clavos, pero tú te vencías y no les dejabas caer el mazo. En esas tres horas el señor Vidal se ganó quinientos cincuenta dólares porque los enganches eran para el vendedor. “Ánimo, León, este libro te ayudará a hacerle honor a tu nombre”. Pero de El milagro más grande del mundo sólo leíste el título. Se quedó años en la gaveta del buró hasta que un día alguien lo tomó. “Espero que las palabras de Mandino te hayan llenado de ánimo, y hayas comprendido lo que es el Milagro. Ahora pescaremos cada quien en su río, tú en el de la Veintisiete y yo en el de la Veintiocho”. Pero en cada rostro que te abría la puerta, veías al prójimo; a tu salvación, pero no la conectabas con el enganche guardado en algún rincón del clóset. Por eso, después de siete horas de tocar timbres tus bolsillos seguían igual; mañana, te dijiste, le preguntaré al pastor; él me metió eso en la cabeza y él me lo tendrá que sacar. “Cuando Jehová puso en nuestras almas la ambición, estaba volviendo sacrosanta la propiedad; gracias a la ambición somos capaces ya no de recolectar, sino de producir el fruto. Pedro y Andrés ya sabían pescar su pan cuando Jesús les habló; ‘os haré pescadores de hombres’, y dejaron sus aperos a la orilla del lago para tomar las del apóstol. Pero tú, León, eres un hombre y como hombre tienes que aprender a pescar, toma la red y la barca que Pedro abandonó y sal en busca de tu pan. Cuando tú vendes, Jehová te bendice; ése es el milagro más grande del mundo: la ganancia. Gana que Dios te ganará para su Reino. Gana de tu prójimo y muéstrale los dos camino: al templo para que gane su alma, y a los aperos para que gane el pan. La lástima, eso que te ha invadido en los últimos días, no existe en la Gloria de Dios; de la tierra hemos de llevarnos la luz que nos ha dado el éxito, allá nos espera el baile, el canto y la alabanza eterna en el imperio de la abundancia.”       

¿Qué nos ha pasado? Al abandonarte, nos hemos abandonado. Tú sabes que seguimos creyendo en Ti pero yo sé, nadie más en esta casa lo sabe, que para merecerte hay que creerte a Ti. Quién como el Bautista que sin oírte, sin verte, te creía. Por eso Tú le diste el honor de bautizarte. Cuántos asesinos, cuántos políticos y cuántos como yo andamos diciendo que creemos en Ti. Te usamos. El Bautista te creyó y recibió el filo del hacha con regocijo porque siguió al Hijo del Hombre. He luchado porque Benjy te creyera; cuando digo que él se está buscando, quiero decir que te busca; creerte no es algo que pueda enseñarse, es algo que nos sucede; y casi no hay gente a la que le hayas sucedido… No sé qué pasó con León; en cuanto se hizo vendedor se fue distanciando de la Iglesia. Ni siquiera se preocupó por el bautizo de Benjy. Los sábados y los domingos, en vez del templo, se iban a patear la pelota. Me dejé llevar; me gustaba ver sus risas juntas. Se me olvidó que la única risa verdadera es la Tuya. Perdóname por haber puesto a mi familia por encima de Ti. Te creo… tarde, pero te creo, y veré porque León y Benjy también te crean.

El invierno es lo que más me gusta. Sus tardes pardas me reflejan. A principios de noviembre me entra el ansia y ésta se diluye cuando veo caer los primeros copos en la acera. Entran las llamadas de los negocios de la Clark y salgo con mi pala y mi carrito de la sal. El ruido de motores y la gente no me permiten abrazarme de lleno… Añoro esas noches en las aceras solitarias del barrio Edgewater, cuando en el aire flota una brisa de cristal; ahí la pala, la nieve, el cemento y la sal son uno. Llego a la esquina y diviso esa calzada recién nacida de la que brotan brazos simétricos que de un lado llevan a las escaleras de los porches, y del otro a las puertas de los autos. Allí no hay la menor duda de que la lámpara del poste me mira; que si existe el Cielo, así ha de ser.

Créditos de la imagen: Pxhere

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