LXIII Edición: Temporada de lluvias

Cinco años son una vida

Julián cree tener once años. No se está quieto. Sus ojos bailan de un lado a otro, se va, vuelve, recorre su esquina una y otra vez, lo mira todo en la calle, pero le toca estirarse para poder ver mejor, silba, sonríe, por fin se sienta pegado a mí y me mira a los ojos. Le pregunto por su vida y sin reparar en su lenguaje –o sus metidas de pata— me lo cuenta sin filtro.

Se dedica al negocio de la seguridad –me dice—cuida carros, traduzco yo. Disciplinado llega todos los días a la misma hora. Trabaja desde las nueve de la mañana en una calle muy comercial de Bogotá, en la esquina de la calle 72 con 15 al frente de una papelería grande y con mucho negocio. Un visionario.

Es pequeño, más bien parece de ocho. No se quita de encima una mochila que lleva en la espalda con todas sus pertenencias: un pantalón que se turna con el que lleva puesto y que ya ni recuerda de qué color era, cuatro camisetas que a juzgar por la que lleva puesta difícilmente le quedan, tres calzoncillos, una peinilla, un cepillo de dientes con su crema dental, un jabón chiquito, y unos papeles rayados con teléfonos. No tiene billetera ni documento de identidad. No se acuerda cuándo es su cumpleaños.

Su piel clara pero curtida por el sol está marcada por varias cicatrices, sobre todo en la cara –cuando dormía en la calle peleaba mucho. Como soy chiquito, cuando encontraba un sitio bueno para echarme [a dormir] llegaban otros a quitármelo y pues yo no me dejaba, pero casi siempre perdía, y si había soplado, peor, uno se apendeja—.

Julián tiene ojos verdes y cabello rubio mal cortado pero que se deja peinar. Me recuerda a una muñeca que tenía, con el mismo pelo trasquilado y unas pecas en los pómulos. Anda sin medias y usa unos zapatos feos de señor unas cuantas tallas más que la suya. Siempre lleva una toalla roja que se cuelga al hombro –usted sabe, herramienta de trabajo—.

Hay mucho ruido, carros, bocinas, música, vendedores ambulantes y –de repente— Julián sale corriendo sin avisar y se detiene exactamente en un carro que acaba de ser encendido, agarra el trapo que tiene en su hombro y grita –dele dele dele— mientras con su trapo lo acosa. Tiene un volumen de voz respetable. A pesar de su tamaño se atraviesa en la calle frente a una masa de carros que acaba de arrancar en el semáforo y los detiene para que su cliente pueda salir del parqueo. Extiende su mano, recibe unas monedas que no cuenta, y se las mete al bolsillo. Casi inmediatamente llega otro vehículo a llenar el mismo espacio –dele dele dele— sacudiendo el trapo rojo. Saluda, le sonríe a una señora que se baja: vaya tranquila que yo se lo cuido –grita— la conductora se queda mirando su cara de niño serio, tal vez tratando de adivinar su edad, lo mira de arriba abajo, se va.

De sus once años lleva seis en la calle. Su padrastro, el hipueputa ese, lo echó de la casa después de una golpiza que les dio a él y su madre cuando llegó borracho –le pegué su insultada porque se lo pasaba pegándonos—cuenta mientras les pasa revista a los carros parados en su esquina. Vivía en unas lomas pobres de Bogotá, no se acuerda dónde quedan. Ya conocía el hambre, pero la soledad y el frío de la calle, no.

No recuerda detalles de esos primeros días sin casa más que caminó y caminó sin saber dónde estaba y que conoció un grupo de niños, más grandes que él, de los que pronto se separó porque se pelearon con cuchilla. Con ellos aprendió el secreto para sobrellevar sus penurias, aspirar pegante.

Julián aclara –pero ya no hago eso—. Lo dejó hace dos años después de que una noche cuando se drogaba en la cama de una prostituta que lo dejaba quedarse en su cuarto mientras ella trabajaba. Le entró una paranoia que nunca había tenido: veía que me querían matar y me paré y empecé a gritar y a defenderme y corrí hacia la ventana para tirarme por ahí porque me venían persiguiendo. Otras prostitutas que se encontraban en el hotel lo salvaron.

Ahora le va bien, el negocio de la seguridad le da para ir a dormir en un hotel todas las noches –donde las putas— y paga por día. Los vecinos de su esquina lo alimentan y lo protegen de quienes le quieren quitar el pedazo de calle. Ya no se droga, aspira a ser médico.

¿Cuándo vas a ponerte a estudiar para poder ser médico? Se sonríe y me dice con seguridad –estoy en eso— y sus ojos verdes le brillan. Tiene los dientes perfectos. ¿Cómo haces para tener esos dientes tan bonitos? –Siempre me los lavo y cuando se me acaba la crema dental trabajo para comprármela—. ¿Por qué te cuidas tanto los dientes? –Para poder conseguir niñas, dice con una sonrisa—.

Créditos de la imagen: Pixabay, webandi, https://pixabay.com/es/photos/cuidado-del-autom%C3%B3vil-limpieza-auto-4993980/

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